Comparto mis creaciones literarias de producción propia y motivo a los lectores a participar de mis historias.

sábado, enero 2

Posted by Consciencia y Vida Magazine in | 5:52 No comments


Sentado delante de aquella mesa alargada repleta de cremas de maquillaje de múltiples tonalidades, de brochas también de varios tamaños y grosores, pintalabios a medio usar esparcidos arbitrariamente, frascos de mil tamaños, unos de perfume, otros de esmalte de uñas, otros de pastillas y otros que por algún incidente o eventualidad habían llegado hasta ese enser de madera que presidía aquel camerino destinado al actor o actriz principal de la obra que se estaba representando en esos momentos, en el Gran Teatro Universal de una pequeña ciudad provinciana, allí estaba un famosísimo actor del momento: Ramiro del Fresnedal, frente al espejo iluminado de lámparas fluorescentes que hacían destacar su rostro, como si emergiera de un sueño o como si algo desconocido hacía posible que se mostrara de otra forma mucho menos habitual a la imagen tan conocida de él y que en los escenarios de todo el país siempre había sido admirada por el gran público.

Tomó una peluca que estaba colocada sobre una cabeza de maniquí de fibra de vídrio, la estuvo peinando con sumo cuidado y finalmente se la colocó con mucha habilidad por encima de su cabeza. Continúo dándose los últimos retoques: unas discretas gotas de perfume detrás de las orejas y otras en las muñecas, vuelta de nuevo a revisar el nudo de la pajarita y colocarlo en la mitad delantera debajo del cuello de la camisa, elegir los gemelos a juego en color y forma al resto del vestuario: un impecable frac de piqué blanco, un sombrero de copa y un elegante bastón con una gran bola de plata en el extremo superior....

Aquella noche debía volver a representar aquel personaje mujeriego y seductor de primeros del siglo XIX, una figura del Romanticismo que impregnó aquellos tiempos, caracterizado por una gran exaltación egocéntrica, el predominio de la muerte o los temas lúgubres y la gran importancia del sentimiento, entre otros factores.

La sala de butacas y los palcos estaban a rebosar de público impaciente por admirar una vez más a un reconocido actor muy respetado también por la crítica, de manera que todo hacía presagiar que sería una nueva actuación extraordinariamente formidable, ya que además el resto de actores de la compañía formaban un gran elenco con muchos años de profesión.

De repente se apagaron las luces del recinto y sobre el escenario un potente e intenso cañón de luz enfocó aquel enorme telón rojo que paulatinamente empezaba a subir hasta que por fin todo el decorado quedó al descubierto.

Podía apreciarse una escenografía de arquitecturas penetrables y bastidores con bisagras, con variados elementos de la naturaleza, como bosques, lagos, animales... Y en una esquina una gran mansión con un banco cerca de la entrada rodeada de farolas de gas, allí también permanecía una bella muchacha con una sombrilla en la mano mirando lánguidamente al horizonte.

Nuestro personaje principal situado en el extremo opuesto fumaba distraídamente una pipa de brezo repleta de tabaco inglés...

    -Discúlpeme un instante Mister Smith, tan solo quería preguntarle si, como me han comentado, va a contraer próximamente matrimonio con Miss Thongdrom, pues si es así, quiero expresarle mi enhorabuena. Conozco perfectamente a su familia y me llena de orgullo que haya elegido a esta preciosa jovencita, a quien conozco desde su niñez y la tengo un gran cariño.


    -No, Mister Blacikan, no pienso ya casarme con esa estúpida jovencita, que pretenciosamente su familia ha intentado con la mayor de las hipocresías enredarme en un matrimonio destinado al fracaso.


    -¡No pretenderá que le crea!. Además léase mejor el guión, creo que le está fallando la memoria. - le respondió desconcertado su compañero de reparto, que no entendía como podía haberse olvidado de uno de los textos más conocidos del repertorio de la compañía. Incluso llegó a imaginarse si no estaría de nuevo improvisando como en numerosos espectáculos teatrales solía hacer cuando algo extraño pasaba por su cabeza o le perturbaba en aquellos momentos de su actuación.


    -¡Eh jovencita, levántese ya de ese banco mal colocado y horriblemente pintado de negro, para disimular la suciedad y el deterioro en el que el muchacho encargado de la decoración, lo viene manteniendo actuación tras actuación! Pero ¿hasta cuando va a seguir aguantando los descarados manoseos del director de nuestra compañía que atentan contra su integridad psíquica y moral?...¿No me diga que se está vendiendo como una vulgar prostituta de barrio de mala muerte? ... ¿O sí se está vendiendo?... Porque cada noche acaba más borracha que una cuba dejándose caer en los brazos de ese sinvergüenza que ni siquiera se ha leído un libro en su vida y pretende dirigir nada menos que esta gran obra maestra, de uno de los más reconocidos escritores de todos los tiempos. - declaró elevando la voz y en tono sarcástico, Ramiro de Fresnedal (despojado completamente de su papel artístico).


En el patio de butacas se podía escuchar un gran murmullo que daba a entender que aquel público comenzaba a dejarse llevar por su instinto de curiosidad y de forma entusiasta quería que todo aquel imprevisto "espectáculo" siguiera "interpretándose" como si de otra obra paralela se tratase.

Desde el foso del escenario, se podían escuchar toda una serie de advertencias para acabar ya de una vez con toda aquella serie de improperios que empezaban a incomodarle al director, ya al corriente de toda aquella esperpéntica escena, habiendo dado órdenes a un empleado para que llamase al orden desde el foso, a aquel actor díscolo que solía salirse siempre con la suya, debido a las amenazas de abandonar la compañía si no le dejaba actuar libremente.

    -¡Por favor, Sr. Ramiro, deje ya su delirante discurso, tenga en cuenta que no es el lugar idóneo para desahogarse!... ¡Intente tranquilizarse y siga con el texto de la obra, sin armar este escándalo!...No me gustaría tener que subirme al escenario y ordenarle que se retire delante del público que tanto le aprecia. - le ordenó en tono amenazante aquel discreto empleado oculto en aquel hueco donde antaño estaban las bandas de música.


     -No, ni usted ni ese sinvergüenza de director me van a impedir que hable lo que me de la gana delante de mi público. Le aconsejo que cierre la boca y me escuche usted también con atención. La empresa para la que trabajamos está arruinada y este patético director trata de seguir engordando su capital ocultándonos la verdad y retrasando indefinidamente nuestras nóminas - gritaba poseído de rabia incontenible que le asfixiaba ocasionalmente la garganta, paralizando el impulso de quien quería responderle.
En ese instante, introdujo ambas manos en sus bolsillos para extraer un montón de pasquines del sindicato de actores, donde aparecía un pequeño resumen de las numerosas deudas y turbios negocios en los que estaba metido aquel siniestro director, hasta que terminó por lanzarlos a los espectadores. Después se aproximó hasta el hueco del foso exclamando...

    -¡No soy más que otro desalmado, que cada noche debajo de un disfraz, represento a un hombre adinerado, seductor y muy atractivo para las mujeres especialmente, aunque también recibo miradas lascivas por parte de algunos hombres que sentados en las primeras filas acarician a sus mujeres o esposas y les susurran mientras tanto al oído que las desean y que no sabrían vivir sin ellas... Sólo soy un pobre loco solitario, un actor fracasado que ya está harto de representar a este odioso personaje con el cual ya no me une nada, ya no me inspira nada más que desprecio de mi mismo, por seguir incitándoles cada noche a admirar a un ser infame y despiadado. Tanta hipocresía me resulta insoportable y por eso me estoy desnudando ante ustedes por dentro y ahora por fuera también.


Dicho esto, empezó a quitarse la ropa que llevaba encima, mientras el público fascinado por aquella situación tan extrañamente insólita, ni siquiera pestañeaba ni se decidía a abandonar el teatro, sino que al contrario, empezó a aplaudir levantándose de los asientos, sacando sus teléfonos móviles para fotografiar o grabar la escena real que se estaba representando paralelamente a la que en un principio se debía interpretar y que ya nadie echaba de menos. 
El teatro entero clamaba ensordecidamente un nombre: ¡Ra...mi...ro!....¡Ra...mi...ro!...¡Ra...mi...ro!

No hace falta añadir, pero añadiré como narradora de esta historia, que este singular acontecimiento marcó todo un hito en aquella compañía de provincias, que a partir de este inusual suceso, comenzó a ser famosa en todo el país y mucho más lejos, cambiando la suerte completamente a su director, así como a todo el personal técnico y artístico. Aunque como todo en esta vida, a cambio de pagar un precio: Ramiro del Fresnedal por exigencias de un nuevo guión creado por él mismo, tenía que quedarse en cueros cada noche delante del público y explicar una a una sus miserias...

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