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diciembre 11, 2016

El mago Augurur y el rey Zafir "El Magnánimo"

diciembre 11, 2016 33 Comments
Ilustración de Jonatan Cantero (Barcelona) - Assasins
Había una vez un reino lejano donde vivía un monarca de nombre Fladeo I, apodado "El Enclenque", debido a su delicada salud y la excesiva delgadez similar a la de un fideo, decían las "sucias lenguas" de esparto que se debía a un gen heredado de su egregio linaje, que gozó de un gran reconocimiento y poder incalculable, aunque en honor a la verdad, dicho origen estaba rodeado de posesión y venganza.

Contaban también las leyendas que Fladeo I, nunca había conocido doncella capaz de desposarle para fundar un sólido reinado, a causa de su pérfido genio y las ordinarias costumbres de las que hacía gala también en público, como eructar después de sus copiosos banquetes, pues aunque devoraba los alimentos en pocos segundos, su cuerpo no detectaba semejante cantidad de ingesta y continuaba estando delgado. También escupía todo el tiempo, lanzando a las paredes ingentes toneladas de saliva y otras sustancias más viscosas, por lo que sus ayudantes o súbditos debía taparse el rostro o esquivar hábilmente aquellos "ataques" fortuitos. Aunque llegado el caso y la necesidad, tampoco le incomodaba ventosear en público, lo que le había causado mas de una desagradable velada y ni hablar ya de los acuerdos que trataba en otras ocasiones con otros reyes o reinas que habían sido testigos de semejantes despropósitos durante su audiencia con el rey.

Más en un frío invierno, acertó a pasar por allí un anciano hechicero que vio a lo lejos aquel castillo y no dudó en ofrecer sus poderes al monarca a cambio de llevarse a la boca algunos manjares con los que aliviar su desfallecimiento, tras largas jornadas de camino en su negro rocín "Desafiante". Cuando estuvo a las puertas de la fortaleza convenció a los guardias que la custodiaban para hablar con el rey, no tuvo más que lanzar al aire unas diminutas piedras que había recogido por el camino y luego entregárselas convertidas en onzas de oro, lo que desconocían ellos es que también había pronunciado en voz baja unas extrañas palabras haciendo un determinado gesto con las manos. 

"El Enclenque" pensó que si recibía al mago era una señal inequívoca de suerte, pues le podría exigir lo que quisiera y si no se lo concedía, ordenaría empalarle como solía hacer con sus condenados enemigos. Mandó a sus fieles criados que lo alojaran en la mejor alcoba y le dieran exquisitas viandas y cualquier otro capricho que solicitase también debían otorgárselo. 
Augurur, que así se llamaba dicho adivino, supo enseguida las mezquinas intenciones con las que Fladeo I le había acogido tan "calurosamente" en su fortaleza, por lo que también ideó otro plan con objeto de salir ileso de semejante encerrona.
Extrajo de su vieja bolsa de piel de cabra, una varita mágica de fresno y un pequeño frasco metálico, cuyo contenido esparció por el suelo de aquella sala medio en penumbra y en escasos segundos logró que se materializase su bella y coqueta abubilla transformada en una sensual doncella envuelta en una túnica casi transparente ribeteada y cubierta de fascinantes adornos con piedras preciosas en el cuello, orejas, manos y brazos, desprendía también aromas de sándalo, rosa y jazmín, por lo que su presencia solía perturbar todos los sentidos de quien la contemplaba. Escuchó atentamente todas las órdenes que su amo, el gran Augurur, le estuvo indicando antes de bajar al salón del trono, en el cual el rey impaciente ya les esperaba.

—¡Qué ven mis ojos! —profirió exaltado Fladeo I

—Su majestad, discúlpeme que no le hablara de mi querida sobrina Bellalázuli, quien me ha acompañado en este último viaje y a quien tuve la precaución de esconder en la caballeriza mientras los guardias se distrajeron cogiendo unas pequeñas dádivas que les entregué antes de que me permitieran el acceso al palacio. Comprendo que no le guste que les haya sobornado, pero tenga presente que de no hacerlo ahora no tendría el privilegio de conocer al mejor adivino en muchas leguas, el gran Augurur y por supuesto a su bellísima sobrina que causa la admiración allá donde voy —fue comentándole en un tono pausado, servil y extremadamente amable.

—¡Está bien, Augurur, no tengo ninguna objeción al respecto! ¡Me ha resultado muy alentadora su visita y naturalmente la de su maravillosa acompañante! Celebremos como se merece este encuentro tan extraordinario, pero antes quiero pedirle algo y espero que no se niegue a concedérmelo. Debe liberarme del hechizo que sufro desde la infancia y que me mantiene en esta extrema delgadez —le fue explicando en un tono ceremonial, alzando la voz al mismo tiempo que escupía sus habituales salivazos.

—¡No se preocupe, mi Señor, para eso he venido hasta aquí! Conocía sus males y he atravesado bosques, ascendido por abruptas montañas, sorteando profundas mareas, padeciendo la inclemencia del frío invierno o la oscuridad más aterradora en las colinas de Los Endemoniados que bordean este castillo, pero heme aquí majestad, hincado de rodillas ante su venerada presencia y dispuesto a sanarlo. También tengo que advertirle que necesito la colaboración de mi sobrina para que la protección contra semejante hechizo pueda surtir efecto, confío que ponga también empeño por su parte y entre los tres podamos salvarlo. ¿Entonces está su majestad...de acuerdo? —intentó irle persuadiendo con su exquisita labia, para finalizar con aquella pregunta inevitable.

El rey accedió encantado, puesto que además también intervendría aquella dama que le había impactado con su deslumbrante prestancia y aquel rítmico balanceo de caderas al andar que le había robado la razón nada más verla asomar en aquel inmenso salón.

—¡Deben yacer juntos y mantener una íntima relación de amantes o de lo contrario no podrá recuperarse del todo, mi querida majestad! —le rogó suplicante el adivino.

Fladeo I no quiso ni consultárselo a su primer ministro, de manera que aceptó encantado su súplica y ordenó a sus sirvientes que preparasen el tálamo con sumo cuidado y rodeado de adornos, perfumes, velas, manjares, licores y ropa de cama con bordados de oro y perlas...
Cumplidas al fin dichas exigencias y habiendo dispuesto el lecho real para ambos "amantes", estos desaparecieron de la vista del mago, quien rápidamente inspeccionó el entorno y supo como llegar vestido con su capa invisible hasta la alcoba donde el rey estaba ya empezando a desnudarse. Avanzando hacia él le clavó una pequeña daga envenenada que lo dejó muerto en el acto desplomándose desnudo en el suelo, luego le ordenó con su varita mágica a Bellalázuli que se asomase al balcón transformada de nuevo en una linda abubilla y que emitiera los trinos que él mismo la había enseñado antes de llegar hasta allí, cosa que ella realizó inmediatamente. Aquel canto fue transformándose poco a poco en toda una preciosa melodía, cuyo mensaje comprendieron las aves que lo iban percibiendo en su vuelo y se fueron también sumando hasta que todo el bosque se iluminó con el sol más radiante y bello que jamás habían conocido los lugareños de aquel reino. Ocurrió entonces que los sirvientes y soldados del castillo sufrieron un repentino encantamiento por parte del anciano hechicero, que los convirtió para siempre en diminutas hormigas, lo que le sirvió para salir sin dificultad alguna del castillo. 
"Desafiante" le estaba aguardando a las puertas, tras aquel poderoso silbido que lo había advertido de su presencia, ágilmente se montó de un salto en su lomo y dando brincos por las empinadas cuestas por fin llegó a las colinas de Los Endemoniados, una vez allí se bajó del rocín y ataviado con su capa invisible se aproximó hasta la caverna infernal del horripilante monstruo, quien también era víctima de otro maleficio, por el cual aquel bellísimo paraje en otro tiempo, sufría el malvado influjo de un encantamiento por los ancestros del fenecido rey Fladeo I, lo mismo que el malogrado príncipe Zafir, legítimo heredero al trono de aquellas tierras y que ahora se mostraba como una criatura espantosa e infesta a la que todos temían.

—¡Ha llegado la hora de hacer justicia y devolverte a tu original aspecto físico! —pensó en completo silencio el mago, sacando su varita mágica para realizar el conjuro capaz de restituirle su naturaleza humana. Después alzó su brazo con aquel virtuoso instrumento apuntando al cielo y pronunció una invocación en una extraña lengua, lo que ocasionó una fuerte ventisca que apagó las llamas de la caverna e hizo posible que el monstruo se desfigurase y apareciera de nuevo el príncipe Zafir, lo que le conmocionó de alegría llenándole los ojos de lágrimas. 

—¡De ahora en adelante te nombraré mi consejero y primer ministro de este reino! —expresó con vehemencia y admiración el nuevo y flamante rey de Helioland, Zafir "El Magnánimo".

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

septiembre 20, 2016

La gran revelación

septiembre 20, 2016 21 Comments

Idalia vagaba por un oscuro bosque salvaje inundado de sombras amenazantes que la irrumpían el paso cada vez que se detenía para observar si alguien la seguía o estaba escondido por aquel desolado monte. No podía detenerse, aunque por la cabeza le rondase la idea de que un posible extraño parecía estarla expiando. Ya era medianoche y armándose de valor trataba de acelerar el paso para llegar cuanto antes a su destino.

Comenzó a divisar la claridad que se desprendía de un viejo farol colgado junto a la puerta de lo que parecía un establo. Más adelante se hallaba una humilde choza rodeada de olivares centenarios y algunos arbustos. Al pasar por la puerta observó a una pareja de ancianos que la llamaron por su nombre, aquello la sorprendió tanto, que sin apenas poder articular palabra se aproximó a ellos, quedándose absorta observándoles en completo silencio.

—Vamos pequeña no te asustes, somos tus tíos abuelos, Hermelinda y Cambrelio. Sabíamos que venías de camino desde que dejaste la aldea al morir tu madre y quedarte huérfana —comentó Hermelinda.

—¿Quien os lo ha contado y por qué sabíais que venía de camino? —interrogó Idalia, llena de curiosidad y con los ojos bien abiertos.

—Nos lo ha dicho el viento que te ha traído hasta aquí —dijo Cambrelio.

—¿Es que acaso sois magos o brujos?

—Ahora no es momento de preguntar. ¡Pasa dentro pequeña y caliéntate en el fuego de la chimenea! —sugirieron ambos ancianos esbozando una serena y cómplice sonrisa.


Idalia accedió muy gustosamente hasta el interior de aquella humilde choza de cañas, paja y algunas cuerdas que sujetaban su alargada estructura, donde había varias estancias a un lado, separadas por pesados cortinajes y al otro lado se encontraba un amplio espacio con una chimenea en medio, una mesa, sillas, unas modestas alacenas y arcones donde estaban guardados los enseres domésticos, varios sacos y cestos por el suelo, llenos de cereales, frutas, hortalizas y verduras. Al cabo de unos minutos se había quedado medio dormida mirando el fuego...


Con los primeros rayos del sol, los cantos de los estorninos se filtraron a través de las rendijas de aquellas delgadas paredes donde en un pequeño jergón de paja y cubierta por una piel de cordero, dormía plácidamente la niña.

¡Ya es hora de levantarte! Sal fuera a hacer tus necesidades junto al establo. Luego lávate la cara en la fuente que hay detrás de la choza y regresa pronto para desayunar con nosotros —le advirtió Hermelinda dándole un beso en la mejilla.

Abriendo poco a poco los ojos, comenzó a volver en si dándose cuenta de que a partir de su llegada a esta humilde choza, toda su vida anterior se había quedado en su memoria dando paso a un nuevo ciclo. ¿Qué nuevas experiencias la aguardaban?...¿Cómo sería vivir allí?... ¿No volvería nunca más a su aldea de nacimiento? —Estas y otras muchas preguntas revoloteaban incesantemente en su pequeña cabeza, tratando de encontrar las respuestas.


—Ahora siéntate aquí, en esta pequeña silla donde también se sentó tu madre después de quedarse huérfana, cuando vino a vivir con nosotros. Eres nuestra única descendiente y como tal debemos cuidarte e iniciarte en las artes esotéricas y el conocimiento de lo sobrenatural, antes de que nuestros cuerpos exhalen el último suspiro —le dijeron sus mentores en un leve murmullo.

De repente una visión perturbadora cambió la realidad, aquellos ancianos se habían transformado en dos cóndores que la llevaban en volandas desde lo alto de una cima montañosa hasta una cueva. Allí la aguardaba un coro de diferentes especies animales interpretando una extraña melodía, que al terminar, desaparecieron dejando una pluma de pavo real. Una voz en su interior le dijo que la alcanzase porque la ayudaría a entender el lenguaje oculto de los animales.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

septiembre 02, 2016

Sin escapatoria

septiembre 02, 2016 23 Comments



Para el concurso"CUENTOS DE MAFIOSOS" convocado por el Círculo de Escritores.


Un hombre de aspecto joven y mirada cínica, cruzó una avenida envuelto en un largo gabán que le llegaba a los zapatos de charol negro tan relucientes como los rayos que iluminaban la acera por donde caminaba con paso raudo hacia el Hotel Glamintong, llevaba un sombrero negro ladeado hacia la derecha y unos guantes blancos. Cuando por fin entró dentro del edificio dirigiéndose al mostrador de recepción, recibió tres impactos de bala que le dejaron inconsciente rodeado de un pequeño charco de sangre. Nadie quiso ofrecer pistas a la policía cuando se personaron dos agentes interrogando a los clientes y a los empleados de recepción que habían sido testigos del suceso, por lo que sus pesquisas se vieron rodeadas de un gran mutismo, fruto del miedo a posibles represalias por parte del culpable o culpables.
Desgraciadamente al despertarse de la anestesia en el hospital, Renato Mezzano, había perdido completamente la memoria. Los médicos esperaron algunas semanas antes de darle el alta para ver si había mejorado su amnesia, pero fue imposible, continuaba sin saber quien era ni donde había vivido todo este tiempo, por lo que tuvieron que darle su carnet de identidad y someterle a una sesión de hipnosis, donde pudo volver a revivir la escena del hotel y el tiroteo, recordando algunos detalles como el rostro de los dos matones que le habían disparado y el nombre de otro desconocido con el que había quedado esa mañana allí mismo, un tal Giuseppe. 

Cuando por fin le dieron el alta, se dirigió en un taxi hasta el domicilio que figuraba en su carnet, pero al llegar allí, su supuesto destino ya no formaba parte de la realidad, pues la llave del apartamento que tenía en el pantalón no encajó en la cerradura y al tocar al timbre salió una mujer a la que no conocía de nada y que inmediatamente le cerró la puerta en las narices sin darle la oportunidad de excusarse.

Tras varios días vagando sin rumbo por la ciudad, acabó por visitar una oficina de empleo, donde obtuvo un puesto de trabajo como ayudante de cocina en una pizzería de un famoso centro comercial, lo que le permitía sobrevivir en busca de aquel par de gorilas que atentaron contra su vida.

Una noche cuando estaba de pie estribado sobre el mostrador de una barra americana de una sala de fiestas, con el cigarrillo en la mano, una joven se le aproximó con una melena rubia capeada y sin flequillo, que le dijo al oído: ¿te acuerdas de mi?... Yo si, eres Renato.

—¿Quien eres y por qué me lo dices?...
Soy Gina, la chica que conociste en aquel puticlub de carretera, La Rosa Púrpura. Entonces trabajabas de crupier en un casino.
Está bien, pero ¿por qué lo sabes?...
Lo sé porque conozco a los dos sicarios que intentaron asesinarte. Uno es  precisamente mi marido. Ahora no te muevas ni intentes pedir ayuda porque te estoy apuntando con un revólver. ¡Vamos, mueve el culo y sígueme!

La cámara había filmado la escena desde un ángulo normal acercándose poco a poco hasta un primer plano, donde los protagonistas actuaban sin guión, interpretando los papeles que el director cinematográfico les había asignado. Se trataba de la opera prima de uno de tantos genios del cine como esos que viven en vuestra imaginación.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados



abril 29, 2016

Las Tres Guardianas del Tesoro Pirata

abril 29, 2016 32 Comments
Concurso de relatos de El Círculo de Escritores "PIRATAS, ¡al abordaje!"


Llevábamos casi dos meses navegando cuando un atardecer vimos algo totalmente inesperado, una enorme embarcación aparejada por completo que se nos aproximaba a nuestra aleta de babor. El viento hinchaba sus velas, mientras el oleaje la alzaba como a un gigante de madera. Navegaba a varios nudos por hora y en la popa lucía una espectacular sirena de bronce que parecía real. Al fijar la vista nos dimos cuenta que nos hacía señales, lo cual nos dejó completamente perplejas, pues pensamos que otros barcos también la habrían divisado, pero que ninguno todavía se había decidido a aproximarse a su eslora.

A las cuatro en punto de la madrugada, el contramaestre nos trajo una sorprendente noticia, un marinero de nuestra tripulación había desaparecido mientras estábamos durmiendo.
Solo habían transcurrido unos pocos segundos y unos atronadores gritos sobrevolaron la cubierta del barco sumida en una completa oscuridad, apenas sesgada por los linternones de popa que daban un aspecto lúgubre y fantasmal a los hombres que incesantemente circulaban en ambas direcciones hasta la zona de proa, desde donde procedían aquellos alaridos sobrecogedores.

Vimos la figura de la capitana sobre la enorme arboladura de nuestro galeón Spook, alzando su brazo acabado en una mano ganchuda de cobre y con la otra en un alarde de coraje mostraba su sable a toda aquella niebla grisácea que se abalanzaba hacia el resto de la tripulación:

-¡Oídme, panda de insensatos marineros cobardes! -exclamaba con voz atronadora- que el miedo no paralice vuestros cerebros de mosquito perezoso. Estos nuevos "huéspedes" solo son unos estúpidos bucaneros, que no conseguirán el abordaje de nuestra embarcación, a menos que vuestras inmundas cabezas de chorlito os impidan reaccionar a tiempo y evitar la catástrofe.

-Esos monstruos acabarán con nuestras vidas, capitana. Bájese de ahí ahora mismo y salgamos huyendo en las barcazas amarradas a popa, o no habrá forma de librarnos de esa infernal sombra que se nos viene encima.

-Contramaestre, Ivory, escúcheme y deje de mearse en sus patas traseras de gallina timorata, sitúe a sus hombres en sus puestos de combate y que la pólvora de los cañones acabe con esa fragata.

-Hay multitud de hombres que se están tirando al agua desesperados y no estoy dispuesto a acatar sus órdenes. ¡Eso sería un suicidio colectivo!

Fue en ese preciso instante cuando nos pusimos de rodillas ante la capitana para suplicarla que nos librase de aquella tragedia. Ella nos miró con desprecio y ordenó que nos arrojasen al mar... Nosotras, las tres aprendices, arremetimos con diestra escaramuza a los intentos de algunos marineros de sujetarnos por los brazos y piernas, obedeciendo órdenes. Finalmente la retamos a duelo, pues no estábamos dispuestas a someternos a sus órdenes, lo cual motivó que el contramaestre y otros marineros se nos unieran para acabar por fin con el despotismo de aquella mujer.

De repente nos sobrevino una gigantesca ola que doblegó los mástiles y partió en dos las velas, lo que hizo que la capitana cayera de golpe al pozo de la escotilla mayor, muriendo desangrada.
Entonces se hizo presente un intenso silencio y la espesa niebla dio lugar  a la insigne figura del pirata Barbanegra y a su fiel guardián canino de dos cabezas que nos vitoreaban por haber acabado con aquella malvada pirata Mary Perlazul, con la que tuvo un romance desgraciado y le había jurado llevarse su alma. 
Tras aquella "hazaña" mandó a un singular grupo de zombis traer un gran cofre repleto de monedas de oro y piedras preciosas que nos entregó nombrándonos Las Tres Guardianas de su famoso tesoro pirata.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

Medalla de bronce en el concurso de El Círculo de Escritores