noviembre 23, 2020

Zafarrancho : 1ª , 2ª y el desenlace

noviembre 23, 2020 59 Comments

 

¡Hola! queridos compañeros y seguidores, os deseo un buen comienzo de semana y resto del mes.
De nuevo os comparto este microrrelato que participa dentro de otro nuevo reto del TINTERO DE ORO, que si os apetece conocer las bases no tenéis más que clicar en las mayúsculas para ir directamente al blog de nuestro querido compañero David Rubio.
Se trata de crear una historia de 250 palabras máximo y que termine con un glorioso y apasionante Continuará.
Muchas gracias por vuestra atenta lectura y amables comentarios.
 
 
 1
 
           Abro los cajones de los muebles, las puertas de los armarios y examino la decoración. Por primera vez me parece todo horroroso. Hasta mi marido con pijama y zapatillas pegado a la tablet, desprende un olor a naftalina con polillas taladrando pasadizos en su interior.

        Estoy dispuesta a tirar tanta antigualla. Comenzaré por su repulsiva colección de mariposas.

        —¡Eh, chicas, despertad del limbo! ¡Voy a liberaros del polvo y la desidia! ¡No es justo morir para el disfrute de un maníaco coleccionista!
        
        Contrariada por semejante ultraje, me dirijo a las estanterías del despacho donde él guarda sus libros y como venganza decido retirárselos para regalarlos a la biblioteca del barrio.
        
        Al llegar al salón me tropiezo con las zapatillas de Antonio, que las ha tirado en la alfombra. No me pierde de vista, lo que me altera los nervios. Estoy a punto de darme con las narices en la alfombra. Antes noté un roce en la cara. ¡Leñe! la figura de porcelana de la arpista no sé cómo salta de uno de los estantes y acaba hecha trizas. Era un regalo de mi suegra del que le costó desprenderse. Antonio, por su parte, me tenía prohibido tocarlo.

       —¡Te lo advertí, que no te acercases a la arpista, pero lo acabas de hacer! —gruñe enrojeciendo las mejillas con los ojos saltándosele de las órbitas, simulando dos bolas de billar en mitad del rostro, pero lo que me empieza a asustar de verdad es verle agitar los puños en alto.

       —¡Tierra, trágame!

                                                              

                                                         2

 

        El tono de crispación con el que Antonio me acaba de hablar atrae con la fuerza de un imán a Niebla.

       —¿Qué le ocurre a este bicho? ¡Deja de mirarme y no me enseñes los dientes!
       —¡Niebla! no te enfades con él. ¡Ven aquí ahora mismo!
       —Echa de aquí a este perro. No me gusta como estira las orejas hacia atrás.
       —¡Grrr...!
       —¡Huyyy... ¡Me ha mordido! ¡Quítame de encima a tu puto perro!¡Me cagüen la leche que t´han dao!
       —¡Dios mío, tenemos que ir al veterinario para que lo vacunen de la rabia!
       —¿Pero todavía estás así? ¿con los ojos en blanco?
       —¡Vamos, Niebla, déjale en paz! ¡Ven aquí chiquitín!
     
         A duras penas consigo que mi fiel guardián me obedezca y con cuidado observo la mordedura en la pierna. La lesión le ha dejado la piel desgarrada y no deja de sangrar.  

       —¡Antonio, vámonos enseguida! Llamo a la vecina para que se quede con Niebla.
       —Paqui ¿no te importa quedarte con Niebla que me llevo a Antonio al hospital?
       —¿Qué ha ocurrido, tiene el maldito "bicho"? ¡No me asustes, cielo!
       —¡Nooo! ¡Niebla le ha mordido!
     —¡Ayyy, prenda, qué cabeza tengo! Me olvidé de decirte que lo llevé a vacunar de la rabia cuando fui con mi pequeña Syra al veterinario. ¡Discúlpame, soy una atolondrada!
       —¡No, qué va, eres una joya! ¡Qué peso me has quitado de encima!
       —¡Ehh, cálmate, por favor, no cojas ese cuchillo y la pagues con el pobre animalito!
       —¿Qué está pasando? ¡Voy para allá!
       —...


                                                                           3

 

        Ya han pasado unas horas desde que llegó Paqui y se llevó a Niebla. Estoy en la cafetería del hospital esperando a que terminen de cerrarle la herida con puntos de sutura.
         Noto una presencia a mi espalda y giro la cabeza apretando con fuerza los labios, es Julia, la amiga incondicional de Antonio o lo que aún siga siendo, porque esa tipa me cae fatal.

        —¿Qué haces aquí? ¿Le ha pasado algo a Antonio? No me he enterado y eso que estoy de turno de día.
        —¡Qué raro, que no sepas nada! Le están dando unos puntos en la pierna.
        —Espera un momentito, voy a informarme.
        —¡Claro, claro!
      
       Salgo a fumar un pitillo. Me importa un bledo que vuelva con el recadito para joderme el día, porque de esa granuja no me fío un pelo.
      A través de las cristaleras de la fachada que dan al exterior observo que la tiparraca anda buscándome, aunque prefiero resguardarme y hago como que no la veo. El taconeo de sus zuecos se vuelve estridente.

      —¡No te alteres, que te conozco! pero me han dicho que Antonio tiene la covid y deben ingresarlo.
        —¡Anda, estás pirada! Tiene una salud de hierro.
      —No te pongas chula conmigo, que como se me crucen los cables te hago una PCR y ya veremos luego...
        —¡De eso nada! Llamaré a la policía.
        —¡Ya me hartaste! Venga, tira para adelante, que te vas a enterar.

       Me lo advirtió mi madre antes de casarnos: «donde hubo fuego, quedan cenizas».

 

                                             ................    F   I   N   ................