noviembre 29, 2016

El misterioso caso de las chicas del ascensor

noviembre 29, 2016 33 Comments

Rinia le invitó a pasar una semana de vacaciones en su apartamento. Se conocían desde hacía un par de años cuando coincidieron en un viaje de placer por los Alpes suizos. Cornelia no conocía la ciudad y estaba muy ilusionada con aquella oportunidad de volver a verla, de modo que preparó su equipaje en pocos minutos, ojeando también su billete de avión comprobando que todo se había hecho correctamente y que se acercaba el momento para la hora límite de embarque y facturación.
 

El viaje le resultó cómodo y demasiado rápido, pues al poco de acomodarse en el avión ya se había dormido y tuvo que desperezarse con dificultad cuando una azafata le tocó suavemente en el hombro para indicarla que se abrochase el cinturón porque pronto iban a aterrizar en el aeropuerto.
Ya en la planta baja de la terminal, que era donde se hallaba el vestíbulo de llegada de pasajeros, la estaba esperando impaciente Rinia, observando a derecha e izquierda aquel incesante flujo de viajeros que con pasmosa lentitud iban asomándose por la puerta automática.
Ambas se cruzaron la mirada frunciendo alegremente la nariz y sin poder contener las ganas de gritar sus nombres y aquellas típicas frases de ¡eh, qué ilusión me hace volver a verte! o aquella otra ¡no me lo puedo creer que estés aquí! Luego un abrazo de oso y un gran salto juntas celebrando aquel encuentro.

—Y ahora tomaremos un taxi para que nos lleve hasta mi apartamento que está bastante lejos de aquí. ¿De acuerdo?...
—Me parece estupendo, además así podré sacar unas fotos durante la carrera. Quiero publicarlas en mis redes sociales lo antes posible, pues mi grupo de amigos estará impaciente para verlas...
—Claro, no hay problema. El desplazamiento nos va a llevar más de una hora, puesto que suele haber mucho atasco a esta hora de la tarde.

Cuando por fin llegaron al edificio, Cornelia le preguntó extrañada si allí era donde vivía, asomando su cabeza fuera de la ventanilla del taxi, mientras pagaban a medias la carrera. Rinia le respondió afirmativamente animándola a bajarse del coche y que no se olvidara de recoger su maleta de ruedas que llevaban en el maletero.

—¡Ayúdame, Rinia!
—¡Qué barbaridad, lo que pesa si te vas a quedar solo una semana!
—Si, ya lo sé, pero también traigo algunas sorpresitas para ti.
—¡Qué tonta, no tenías que haberte molestado!

Y así empujando entre las dos aquel pesado bulto, finalmente accedieron al portal del edificio.

—¡Eh! ¿Qué estás haciendo? ... ¡Ven acá, ya he tocado el botón del ascensor! ¿No pretenderás que subamos a pie las escaleras? —le sugería muy nerviosa, Cornelia.
—¡Venga, no seas tan cómoda! ¡Podemos subir entre las dos esta maleta! —alzó la voz Rinia en tono autoritario.
—¡Ni hablar! ¡Yo no subo andando y menos con estos tacones! Además la maleta pesa bastante y no hace falta hacer tanto ejercicio. ¡No seas loca! —le respondió su amiga convencida de que no iba a ceder a sus órdenes.
—¡Espera, no sigas apretando ese botón! No te expliqué antes que ha habido demasiados accidentes en este ascensor. Subamos andando las escaleras —insistió su interlocutora bastante preocupada.
—Venga, tranquilízate, que te has quedado muy pálida mirándome apretar ese botón. Seguro que son tonterías para asustar a la gente. Además, si no recuerdo mal tu vives en la planta trece... ¿Cómo no vamos a utilizar el ascensor? —le aconsejó amigablemente, Cornelia, intentando hacerla entrar en razones.
—Según dicen los vecinos este ascensor comunica con otra dimensión y mucha gente que se ha subido no ha vuelto a salir de aquí. Te aseguro que no mienten, porque mi vecino del piso de arriba al cual vi usándolo un día, luego desapareció —contestó Rinia en un tono circunspecto.
—¿Estás segura de que no salió?... ¿No será que te lo imaginaste?... Venga no empieces con esas tonterías... ¡Es un simple ascensor! Además ya lo habrían quitado de aquí si ocasionase esos extraños problemas. Lo mejor será que me acompañes y así te libras de esos miedos tan estúpidos —continuó insistiendo su amiga.

Después de un rato de discusión, Cornelia terminó convenciendo a su anfitriona para que la acompañase en el ascensor, algo que a regañadientes aceptó, pues en ese instante un joven muy atractivo, bello y de buen aspecto, también se coló dentro, lo que acabó por persuadirla del todo, accediendo al interior.

—¡Esperen! —exclamó otra señora al entrar al vestíbulo.
—¡Vaya, no parece que sea tan peligroso, como me acabas de asegurar! De lo contrario nadie querría utilizarlo —le susurró al oído Cornelia.
—¿A qué piso van? —les preguntó Cornelia a ambos pasajeros que parecían distraídos. El joven no dejaba de consultar su móvil y la mujer no le hizo tampoco ningún caso.

Antes de que se cerrasen las puertas, aquel joven ya había apretado el botón 18, "obsequiándoles" con una sonrisa bastante irónica, que le produjo un fuerte estremecimiento a Rinia, mientras la mujer permanecía inalterable. Su invitada, en todo momento, observaba en silencio sin dejarse atemorizar por nada, siendo ya consciente del instante en que se quitó el abrigo, lo cual le permitió atisbar que debajo llevaba un vestido negro de doncella y un delantal blanco con puntillas. Luego sacó de su bolso una cofia blanca para ponérsela en la cabeza. Su amiga le cuchicheaba al oído, que dicha extraña le recordaba a una criada que trabajó en otro piso de aquella vivienda y que según los rumores la habían encontrado muerta en la calle después de haberse tirado desde la terraza de la última planta, pero Cornelia intentó calmarla, comentándola que estaba demasiado alterada y que lo más probable era que se tratase de otra persona.

—¡Bueno, parece que vamos a pasarlo muy bien los cuatro juntos! —profirió el joven frotando su cuerpo contra Rinia, que no acertaba a moverse ni un ápice. Entonces Cornelia le pegó un empujón que lo lanzó directamente a la puerta, quedándose atascado el ascensor en medio de dos plantas.
—ja,ja,ja,ja. —se reía burlonamente aquella estrafalaria doncella, que comenzó a mover arriba y abajo su abultado abdomen por el que apareció otro ser con alas en forma de tijeras y unas extremidades cónicas rellenas de una espesa capa granulosa del estilo de un pulpo y con un color azulado, mientras Cornelia se había quedado inmóvil sin poder articular palabra.
—¡Tranquilas, no les va a pasar nada si se portan bien! porque voy a apretar un nuevo botón que no han visto y que está en este otro lado del ascensor, pero antes deben quitarse toda la ropa y quedarse completamente desnudas.

Semejante visión les había dejado sobresaltadas, por lo que no opusieron ninguna resistencia. También aquella espeluznante criatura las mantenía en vilo sin comprender siquiera si era real o no. El joven empezó a sufrir una transformación y lentamente comenzó a cambiarse su aspecto, alargándose sus extremidades mientras se iba haciendo un anciano. Después empujó una de las paredes del ascensor que se iba estirando con una flexibilidad increíble, hasta que hizo un boquete por donde las obligó a salir hacia el lado opuesto.


Habían perdido la noción del tiempo y el espacio, ya no sabían si estaban soñando o aquello que divisaban a lo lejos era real. Una ciudad flotante repleta de edificios acristalados y luminosos formaba una especie de islote en medio de una gran nebulosa.

—Ahora poneros estos trajes y dejaros flotar, no hace falta que hagáis ningún esfuerzo físico, solo concentrar la atención en esa ciudad y seréis transportadas de inmediato hasta allí.
—Pero, ¡qué nos sucederá ahora! ¿ya no volveremos a casa?... ¿Estamos muertas o es solo una pesadilla?... ¿Qué nos está pasando?... ¿Dónde nos encontramos?...

Al cabo de unos días, cuando otra vecina se atrevió a asomarse a las puertas del ascensor dudando si entrar o no, descubrió las ropas abandonadas en el suelo de unas jóvenes que la policía estaba buscando desde que sus respectivas familias habían denunciado su desaparición. El caso acabó cerrándose al carecer de testigos y nuevas pistas para dicha investigación.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

noviembre 22, 2016

El hombre libro y el enigma

noviembre 22, 2016 38 Comments
Como presentación os quiero decir que esta historia formará parte de una serie de relatos inconexos en su contenido, pero creados todos ellos a partir de un cuadro o una ilustración surrealista (como en este caso) diferente, como motivo de inspiración a la hora de escribirlos. Doy paso a continuación a la ilustración de Jonathan Wolstenholme, nacido en 1950 en Londres, se trata de un ilustrador independiente que ha trabajado para algunas de las principales agencias de publicidad, editoriales y una amplia gama de revistas. También es especialmente conocido por sus obras increíblemente detalladas que se derivan de un amor por los libros antiguos y de la parafernalia asociada a los objetos antiguos.

Jonathan Wolstenholme - La vida secreta y surrealista de los libros.
Mi historia: El hombre libro y el enigma

Era un hombre de papel, que había nacido una tarde de invierno en una imprenta alemana, donde fue diseñado, recortado, encolado y encuadernado por las hábiles manos de Guten Bergum, quien puso el mejor empeño en que pronto pudiera salir a recorrer mundo y que sus letras brillaran por las estanterías de monasterios, bibliotecas, iglesias, universidades...Hasta que se cansó de permanecer viviendo apartado del resto de aquellos mortales que solían frecuentar el espacio de su habitual residencia, interrogándole constantemente y explicándole su necesidad de conocimientos, por lo que se planteó seriamente su evasión de aquellas cuatro muros que durante tantos años lo habían acogido en su morada. Reconocía su temor a semejante decisión tan alocada, puesto que durante su residencia en aquellas sólidas estanterías de madera, nunca le había faltado diversión ni saludos matutinos, todo a su alrededor le facilitaba una holgada vida de ilustre vecino y habitante de la Gran Biblioteca germana, de modo que llegado a la madurez, un buen día tuvo la feliz idea de comentárselo a otro conocido suyo, con quien alternaba distendidamente cada tarde que pasaba a saludarle y naturalmente le confesó su ilusión por ir a descubrir nuevos lugares y lectores con quien departir nuevas inquietudes que revitalizasen la tinta que corría por sus venas.

— Comprendo D. Ilustrado, que ya quiera salir a conocer lo que hay tras estos muros de piedra, pues lleva demasiado tiempo encerrado y no es bueno ver como se van ajando las hojas que le sustentan y empiezan a amarillear sus miembros, desde los pies a la cabeza, de modo que le ayudaré amigo mío a cruzar el umbral que le separa del largo camino hasta poder alcanzar su propósito. Dispongo además de un ingenioso artilugio que le propulsará al espacio para viajar en el tiempo y llegar hasta lugares insospechados. ¡Le aseguro que será toda una experiencia inolvidable!

— Le estaré eternamente agradecido D. Inventory. Sepa también que me hará un hombre libro feliz y libre de esta atávica vida sedentaria que ya empieza a hacerme prisionero de sus caprichos, a los que renuncio de buen grado.

— No se agobie, amigo mío, porque ya sabe que le tengo en gran estima por sus múltiples saberes que me ha transmitido y en deuda estoy con usted.

— ¡No se hable más y rescáteme cuanto antes! Aquí le esperaré mañana mismo para que me ayude en esta larga travesía. No se olvide de conseguir esa llave maestra con la que accederá cuando ya el bibliotecario se vaya a sus aposentos a descansar y la luz de la luna le acompañe y le ayude a encontrarme en este mismo lugar. 

Acabada la conversación ambos estuvieron de acuerdo para fijar la hora exacta del "rescate" y con esas mismas esperar pacientemente que todo conspirase a su favor.

La luna brillaba a través de los estrechos ventanales de aquel enorme edificio, mientras afuera D. Inventory cabalgaba en su blanco corcel de nácar, por la espesura del bosque de los robledales, entre alfombras de silencios y musgos de tupida esperanza, que lo impulsaban a cruzar el puente de Las Lavanderas que conducía hasta aquel valle encantado en el que se erigía aquella biblioteca solitaria y apartada del mundo. El viaje resultó bastante afortunado, de modo que en cuestión de horas ya se había consumado dicha evasión y ambos jinetes cruzaban de nuevo el puente de regreso hasta la buhardilla donde se hallaba la máquina espacial.

Ya en los nuevos aposentos, D. Ilustrado comenzaba a experimentar una gran recuperación anímica que también fue acompañada de otra mejoría en su aspecto físico, luciendo una espléndida sonrisa que vio reflejarse en el espejo de bronce situado junto a un enorme artilugio que andaba manipulando con mucha atención su buen amigo el inventor. No fue complicada la maniobra del despegue, una vez que se abrieron los portones corredizos situados en el techo y el dispositivo logró salir impulsado al espacio traspasando la estratosfera y alcanzando una velocidad vertiginosa que lo llevó hasta una ciudad del futuro, donde por fin aterrizó sin contratiempos. 
Al contacto con la tierra, se abrió una especie de puerta automática por donde salió al exterior un tanto mareado por el viaje. El viento soplaba en todas direcciones y cuando miró atrás su vehículo espacial ya se había desintegrado por completo, lo cual le produjo un fuerte estremecimiento pues le atemorizaba la idea de no poder regresar de nuevo a su antigua residencia o a aquella buhardilla de D. Inventory, en caso de no ser bien recibido en dicho lugar. Pero ¡ya no había vuelta atrás y encima su amigo no le había advertido de semejante imprevisto!

— Bueno, debo recobrar mi entereza y seguir adelante con esta decisión tomada. Ya veremos a ver lo que ocurre y si la fortuna de nuevo me sonríe o por el contrario me hace víctima de una encerrona y puedo sufrir cualquier adversidad. No debo anticiparme a la desgracia ni tampoco pensar tan negativamente, ya que en una ocasión obré de esta manera y se confabularon los hados para convocar todas las desgracias juntas y acabar hundiéndome en un pozo profundo de sufrimiento y soledad —se decía a sí mismo para animarse y alejar su desconfianza ante esta nueva realidad.

El entorno que alcanzó a divisar estaba rodeado de una armoniosa floresta y bancos de colores donde contempló asombrado que se sentaban aquella gente tan extraña que vestían de otra forma distinta a la que estaba acostumbrado a ver. También tenían objetos que manejaban con sus dedos insistentemente, unas pequeñas piedras rectangulares que se iluminaban y apagaban mágicamente, también tenían unos desconocidos alambres que acababan en unos botones y que los llevaban incrustados dentro de las orejas, pero lo que le desconcertó completamente fue que hablaban solos... No comprendía nada de lo que tenía a unos escasos metros de distancia, pero la curiosidad le venció de lleno y no tuvo más remedio que aproximarse hasta allí. Alzó la vista para contemplar aquella cúpula acorazada de acero oxidado que cubría toda la Plaza de Torquemada, daba la impresión que la humareda de aquellas piras mortuorias hubieran regresado de pronto acorralando aquel espacio aparentemente tranquilo, excepto cuando el sonido infernal de unos horribles objetos en movimiento cruzaban el recinto en todas direcciones. Continuaba viviendo en una horrible pesadilla de la que ya no podía escapar, de manera que optó por acomodarse lo mejor posible en uno de aquellos asientos de colores dispersos entre los árboles con algunas fuentes y unos palos de acero con unas urnas acristaladas en su extremo más elevado que se distribuían en distintas hileras. 

No hacía mucho rato que permanecía sentado cuando un joven se le aproximó y no dudó en acomodarse a su lado. Aquella compañía le tranquilizó pues seguramente vendría en ayuda suya, lo mismo que tantos otros jóvenes también lo habían hecho en su anterior alojamiento.

— ¿De verdad es usted ese hombre libro que anuncian en las redes sociales?... ¿No sabía que bajo sus ropas de cuero podía albergar toda una biblioteca?... ¿Cómo es que se ha podido suscitar semejante prodigio en un ser tan enclenque como usted? ... 

— ¡Eh, ya está bien de hacerme semejante interrogatorio!... ¡No le consiento que me infravalore, ni que se mofe de mi con semejante descaro, jovencito deslenguado!

— Disculpe señor, pero me ha producido tal asombro que no he podido reprimir mis impulsos, le pido disculpas y me gustaría consultar alguna de sus páginas... ¿Me lo permite?...

— No sin antes decirme qué tema le interesa o qué es lo que busca exactamente.

En una especie de lucha contenida, ambos desconocidos se fueron internando, cuando sin percatarse de ello fueron acudiendo otros nuevos viandantes quienes llevados por la curiosidad y el chismorreo, fueron formando un corrillo sin perderse ni un ápice de la animada discusión entre el famoso hombre libro, anunciado a bombo y platillo en los medios de comunicación después de recorrer las plataformas virtuales donde ya era todo un personaje y su interlocutor, un joven periodista que se había hecho también famoso al difundir en directo lo que estaba aconteciendo.

— Hagan cola para solicitar su página sin molestar a nuestro amable invitado, que acaba de llegar del pasado y aún sufre esa distorsión temporal — ordenó un agente del orden que trataba de organizar el evento cultural.

Una niña le pidió una página que decía así en su comienzo: "En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad".

Un hombre con gabardina gris se acercó para llevarse otra página que decía así en su comienzo: "Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así".

Una mujer con buen aspecto y de edad ya madura también quiso llevarse otra página que decía así en su comienzo: "Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona".

Otro señor con traje de ejecutivo y barba arreglada requirió una nueva página que decía así en su comienzo: "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita".

El siguiente en la cola era un niño regordete que estaba devorando un pastelito de chocolate y no hacía más que molestar pegando patadas en las espinillas de los pacientes transeúntes que estaban esperando su turno hasta que por fin se alejó con su página que decía así en su comienzo: "El squire Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros caballeros me han indicado que ponga por escrito todo lo referente a la Isla del Tesoro, sin omitir detalle, aunque sin mencionar la posición de la isla, ya que todavía en ella quedan riquezas enterradas; y por ello tomo mi pluma en este año de gracia de 17... y mi memoria se remonta al tiempo en que mi padre era dueño de la hostería «Almirante Benbow», y el viejo curtido navegante, con su rostro cruzado por un sablazo, buscó cobijo bajo nuestro techo".

La siguiente era una joven distraída que casi estuvo a punto de dejar colarse a otro joven, pero alguien la avisó para recoger cuanto antes su página que decía así en su comienzo: "Soy un hombre invisible. No, no soy uno de aquellos trasgos que atormentaban a Edgar Allan Poe, ni tampoco uno de esos ectoplasmas de las películas de Hollywood. Soy un hombre real, de carne y hueso, con músculos y humores, e incluso cabe afirmar que poseo una mente. Sabed que si soy invisible ello se debe, tan solo, a que la gente se niega a verme. Soy como las cabezas separadas del tronco que a veces veis en las barracas de feria, soy como un reflejo de crueles espejos con duros cristales deformantes. Cuantos se acercan a mí únicamente ven lo que me rodea, o inventos de su imaginación. Lo ven todo, cualquier cosa, menos mi persona".

Por fin le había llegado el turno al tunante, bueno, a aquel jovenzuelo adolescente que casi estuvo a punto de colarse antes y que tomó también su página que decía así en su comienzo: "Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello".

Y por último estaba una anciana bondadosa que había aguantado estoicamente aquella larga espera, por lo que eligió tranquilamente una página que decía así en su comienzo: "Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa".

Después de alejarse de aquella plaza, todos aquellos lectores se dieron cuenta de que si lograban reunirse de nuevo y ordenar convenientemente los títulos de los libros a los que pertenecían cada una de sus páginas descubrirían el enigma que les daría la respuesta a sus preguntas, por lo que los fueron anotando:

"El Hobbit" - "El camino" - "El túnel" - "Lolita" - "La isla del tesoro" - "El hombre invisible" - "El jardín de cemento" - "Orgullo y prejuicio" -

Para finalmente construir ordenadamente la frase del enigma cambiando el orden de estos títulos: 

"Lolita" nunca tuvo "Orgullo y prejuicio" por lo que siguió "El camino" que conducía hasta "El jardín de cemento" donde se encontró con "El hombre invisible" escondido en "El túnel" junto a "La isla del tesoro" que vigilaba "El Hobbit" y cuyo significado más profundo era: Libérate de tu "Orgullo y prejuicio" que aprisiona tu espíritu, porque de esa forma librarás a tu ser invisible oculto en el túnel de la felicidad que custodia un diminuto guardián.

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados


noviembre 15, 2016

Los Siete Aspirantes

noviembre 15, 2016 23 Comments
 Yukai Du - Illustration/Science-Society-of-Chin

Fue suficiente incluir una simple oferta de empleo, una impactante nota donde apareciese en letras negritas: "Se ofrecen dos puestos de dirección para nuestra empresa multinacional con alta remuneración libre de impuestos. Imprescindible superar prueba de acceso y demostrar las siguientes habilidades:

C.N.T. (conocimiento de las nuevas tecnologías).

C.N. (curiosidad natural)

I.A.L. (inteligencia analítica y lógica)

A.N. (actor nato)

O.M. (observación y memoria)

R.R. (reacciones rápidas)

B.C. (buen comunicador)

E.A.O. (estado de alerta y objetividad)

Al cabo de una semana se agotó el plazo de presentación de curriculums y después de una ardua selección en la central del departamento de personal, tuvo lugar el encuentro de dichos candidatos en el piso 63 de la gran compañía, donde se llevaría a cabo el proceso final para la obtención de dicho puesto directivo. La empresa se reservaba todos los derechos para realizar las pruebas que estimase convenientes previas a la admisión de dicho puesto de responsabilidad, por lo que sus métodos podían rozar la ilegalidad o provocar situaciones nada indulgentes. 

A las 8:00 AM llegaron puntualmente los siete candidatos que la empresa determinó para su desafío final:

  • Nora G. [extécnica de laboratorio, intuitiva, con autoconfianza y muy curiosa de carácter, 38 años, rubia, delgada, alta, llevando un vestido azul oscuro y zapatos de tacón negros]

  • Alder M. [hacker y con amplio conocimiento de las nuevas tecnologías, inquieto y tímido, 45 años, moreno con barba arreglada, de estatura media, complexión musculosa, vistiendo un traje negro, corbata a rayas y zapatos negros]

  • Beto Z. [experiodista freelance y buen comunicador, afable e ingenuo, 30 años, cabello liso castaño, gordo, bajo, llevando pantalón vaquero oscuro, camiseta y zapatos deportivos]

  • Erwin C. [empresario con inteligencia analítica, pensamiento lógico y de reacciones rápidas, 43 años, cabello negro rizado, de estatura y peso medio, con gafas, iba provisto de camiseta con cazadora de cuero negro y pantalón ajustado con botas camperas]

  • Sally V. [ama de casa, actriz nata, 27 años, morena de pelo corto, algo gruesa y de estatura media, luciendo jersey fino, falda tubo y calzado cómodo]

  • Ida B. [miss universo, alegre y divertida, scort de lujo y con bastante tendencia a permanecer en estado de alerta y objetividad, 49 años, cabello largo rubio platino, esbelta y delgada, exhibiendo una blusa con transparencias, unos leggins de cuero negro, una chaqueta estampada y unas botas altas]

  • Zoco S. [extrabajador en planta petrolífera y aspirante a doctor en derecho en varias convocatorias, de carácter reservado, observador y con buena memoria, 35 años, cabello corto y estilo “hipster”, 1,71 m. de estatura, no demasiado grueso de complexión, vistiendo una camisa blanca con pajarita de seda y traje estampado con zapatos marrones]

Ya en la sede corporativa de la compañía fueron recibidos por el responsable de la prueba a la que habían sido convocados, este les sugirió pasar a otra sala más amplia con varias alturas sin ventanas, luz artificial, algunos sillones y sofás y dos o tres mesitas pequeñas y bajas. También les sugirió que se acomodasen como quisieran o que podían permanecer de pie mientras observaban un reportaje audiovisual en varios monitores instalados en las paredes donde se les mostraría escenas de la vida cotidiana de todos los candidatos con el fin de que pudieran familiarizarse con ellos, pues debían lograr una estrecha complicidad que les hiciera fácil superar la primera misión de la prueba: "Descubrir a los dos falsos candidatos que dicha corporación se había encargado de camuflar entre el resto de los aspirantes".

Al acabar el visionado se produjo inmediatamente un apagón eléctrico, permaneciendo todo el grupo a oscuras, aunque lo que ignoraban es que aquello formaba parte del plan previsto al que serían sometidos, ya que habían firmado la conformidad antes de esta prueba.

En los primeros minutos se escucharon gritos, risas histéricas, ruidos arrastrando muebles, excusas ante cualquier tropezón o empujón... Preguntas sin respuesta y quejas de todo tipo ante aquella extraña situación... Luego fue disminuyendo el griterío a medida que iba transcurriendo el tiempo, hasta que alguien levantó la voz:

— ¡Tienen que arreglar este fallo técnico, de lo contrario se trata de una encerrona con un claro abuso de autoridad! ¡Enciendan las luces de emergencia!

No se produjo ningún cambio, únicamente se empezaron a escuchar algunos balbuceos y después murmullos desde diferentes ángulos de la sala. Sorpresivamente se notaron algunos jadeos  y suspiros junto con roces de cuerpos acompasados. También se apercibía de vez en cuando algunas bofetadas y amagos de peleas, así como sonidos de muebles arrastrándose y de pronto un intenso zumbido atronador que lo invadió todo.

Después cesó el endiablado estruendo y se iluminaron débilmente algunas luces de emergencia, quedando la habitación en penumbra, aunque se podía distinguir a dos grupos separados entre si y una persona más apartada del resto. 
En un lateral de la sala se habían colocado dos sofás, uno enfrente de otro a modo de improvisado lecho y donde dos candidatos yacían absortos del resto en actitud lasciva. Y en otro grupo se hallaban otros cuatro más alejados de aquella pareja, dos permanecían sentados en un sofá y con la expresión del rostro aterrorizada, otro estaba subido en una torre de mesas y sillas permaneciendo de pie como si estuviera realizando alguna tarea de observador de todo el colectivo y el cuarto tirado en el suelo. 
Sentado y bastante relajado en un sillón permanecía el último, quien decidió apartarse, tras aquella pelea entre el empresario fracasado y la extécnica de laboratorio.

Los monitores de las paredes volvieron a funcionar mostrando las imágenes, a través de cámaras de visión nocturna, de todo lo acontecido durante aquellas tres horas en permanente oscuridad.

Ida y Sally fueron quienes primero se separaron del resto, habiéndose dedicado a arrastrar aquellos dos sofás para mantener un apasionado encuentro íntimo.
Erwin intentó forzar a Nora para mantener relaciones, pero está le dio unas bofetadas y empujones, hasta que Zoco lo tiró al suelo con una llave de yudo. Nora mientras tanto fue improvisando una torre de mesas y sillas hasta trepar arriba para alzar la voz quejándose de aquella situación tan lamentable.
Discretamente se veía como Alder se iba aproximando a Beto para cuchichearle algo al oído, después como si se hubieran puesto de acuerdo, fueron palpando cada una de las paredes que lograron alcanzar a tientas, intentando localizar los interruptores o la caja de distribución eléctrica, hasta apoltronarse en uno de los sofás con cierta expresión de horror después de sufrir una descarga eléctrica.
Zoco tras el forcejeo se separó finalmente del grupo y se sentó en uno de los sofás más próximos en una actitud tranquila y misteriosa.

Al fondo de la sala se abrió una puerta que parecía oculta y asomó un empleado robot que les invitó a responder a cada uno de ellos ¿quienes eran los dos falsos candidatos?. Las respuestas solo fueron afirmativas para cuatro aspirantes, quedando eliminados los otros tres restantes.

Como ya habréis adivinado, queridos lectores, entre esos cuatro finalistas, estaban incluidos los dos aspirantes camuflados, por tanto ¡atentos a la siguiente y definitiva prueba! porque seréis vosotros los que tengáis que averiguar quienes son dichos impostores, teniendo en cuenta que se caracterizan por su secretismo y auto confianza.

El empleado robot les mostró a los cuatro finalistas, otras tantas cartulinas con imágenes asociadas a su personalidad, representadas por cuatro animales diferentes: 

  • Caballo: el poder, dominación y virilidad. (Erwin)

  • León: la fiereza, intuición, generosidad, control y autoconfianza. (Nora)

  • Ardilla: la diversión y tomarse la vida de forma menos seria. (Ida)

  • Cuervo: el misterio y el secretismo. (Zoco)

Ahora os ha llegado a vosotros el turno para responder: ¿quienes son los dos falsos candidatos que dicha corporación se había encargado de camuflar entre el resto de los aspirantes? y ¿quienes obtuvieron esos dos puestos de dirección?...

Os facilito una pista: los falsos candidatos se caracterizan por la alegría y el carácter reservado. ¡Ya lo tenéis muy fácil!

Estrella Amaranto © Todos los derechos reservados

noviembre 08, 2016

Andrés y Valeria

noviembre 08, 2016 30 Comments
Jesús Villar - Pareja de viejos

La leve brisa primaveral entró de golpe al abrir la ventana de la cocina en esas primeras horas del amanecer junto al bramido del mar en la lejanía cuando la aldea comenzaba a desperezarse del letargo del sueño, reuniendo a la escasa población, en esa crucial hora en torno a la mesa del comedor o de la cocina, dispuestos a reanudar la disciplina diaria. Andrés contemplaba ensimismado las fotografías enmarcadas, una al lado de la otra sobre la repisa de la ventana. De esta forma ella le miraba con aquellos ojos pizpiretos de los que se enamoró cuando apenas era un adolescente y le iba contando sus cuitas y cuánto la echaba de menos...

—Martín ya ha tenido otra niña y tiene tus mismos ojos. Dice que la pondrá de nombre Valeria, en tu honor, porque ya le conoces siempre estuvo bajo tus faldas, no era capaz de hacer algo por si mismo, siempre recurría a ti cuando tenía algún problema. Ya sé que también era tu niño preferido, pero eso no te daba derecho a hacerle tan dependiente. Siempre te critiqué que fuera tan blando de carácter porque de esa manera nunca podría hacerle frente a las vicisitudes de la vida, como cuando tuvo que alistarse en el ejército. ¡Menos mal que allí le enseñaron a hacerse un hombre!

Ella le escuchaba paciente desde la repisa y esto le gustaba, porque en vida, solían acabar sus pláticas enfadados y reprochándose mutuamente la falta de interés en poner remedio a todo aquello que les acontecía.

La visión de aquella familia: cuatro hijos y el matrimonio viviendo en una humilde casa próxima a la playa que nunca había sido reformada y que por tanto conservaba intacta cada habitación, cada mueble, cada ventana, su aroma a pino viejo, sal marina, café tostado, espliego, manzanas asadas... Las risas de los niños rebotaban aún en las paredes junto a los gritos de Valeria intentando sofocar las travesuras de aquellos enanos.
Ensimismado en sus recuerdos no había escuchado unos golpes en la puerta que insistentemente alguien desde afuera llevaba ya un buen rato tratando de avisarle de su presencia. Los ruidos subieron lentamente de volumen hasta convertirse en un molesto y pesado aporreo que terminó por escuchar.
Abrió la puerta principal y se sobrecogió ante la visión, le pareció distinguir la presencia de Liborio, el joven que murió de una pulmonía mal curada el mismo día que nació Enzo, el tercero de sus vástagos, aquella defunción se le quedó en la memoria grabada para el resto. Bien es verdad, que ya padecía de dificultades con la vista, mas tal aparición estaba envuelta en un halo luminoso que le dificultaba aún más enfocar la mirada. Creyó que podría tratarse de alguna alucinación, sin embargo tenía un ramo de flores en las manos que dicho muchacho se lo acababa de entregar. Intentó hablarle pero en aquel instante desapareció sin conseguir su propósito.

¿Quién seguía acordándose de él si se había convertido un vejestorio? ¿Por qué elegir a Liborio para traérmelas si ya estaba muerto?... Ninguna de las preguntas tenía una respuesta razonable.

—Liborio me acaba de entregar este ramo de flores y no acabo de entender por qué a mi y quien se lo ha dado. No te pongas celosa Valeria, que ya no estoy para esos trotes y todas mis amantes ya han fallecido, tú bien lo conoces. Voy a buscar el búcaro de cristal donde solías poner esas criaturas silvestres, tan parecidas a estas (¡vaya casualidad!, pensó) cuando llegaba nuestro aniversario de bodas o era domingo. Ya sé que hoy coincide también con idéntico día de la semana, no obstante tú ya no estás y Liborio tampoco. ¿No será que he perdido el juicio y vuelvo a tener alucinaciones como la de hace algunas semanas, contemplándote sentada en la cama acariciándome la frente?... Las pondré en la mesa del comedor y que las descubran los chicos en el momento que vuelvan a visitarme. Bueno, deja que te de el beso de buenos días que ya me voy a acabar el desayuno y no quiero que me mires con malos ojos, ya sabes que siempre te quise a ti, aunque tú me reprocharas que tuviera algún lío con otras. ¡Era tan joven y tan guapo, que las tenía comiendo de mi mano y eso ya sé que te desesperaba hasta rechazarme en el lecho! Pero mujer, tú fuiste la única que amaba y de eso te aprovechabas cada vez que me retirabas la palabra o me dejabas solo meses enteros marchándote a casa de tu hermana.

Por la tarde comenzó a caer un buen aguacero que no acababa de cesar, mientras un viento huracanado levantó las tejas arrastrando parte del tejado e inundando la vivienda hasta tal punto que el bueno de Andrés temió por su integridad física, un tabique le cayó encima cuando estaba fumándose un pitillo en el comedor. Su cuerpo inerte se había quedado incrustado bajo los escombros y el agua que ya inundaba la casa.

Asombrado de la levedad que le envolvía logró incorporarse sin ninguna dificultad, liberándose de los cascotes de cemento y piedra que le aprisionaban, sin esfuerzo alguno los apartó a un lado y manteniéndose erguido se fue derecho hasta el dormitorio a llamar por teléfono. Todo fue inútil, no daba señal. La lluvia afuera continuaba ininterrumpidamente y dentro de la vivienda el agua cubría cerca de cincuenta centímetros. Le extrañó que no notase tampoco aquella humedad en sus pantalones manchados con una mezcla de barro y sangre, pero algo le impulsaba a marcharse, a dejar indefinidamente aquel lugar. Tenía la mente demasiado lúcida y un inmenso bienestar se iba adueñando de él. Miró alrededor y se fue directo a la repisa de la cocina para llevarse el retrato de Valeria, que se había salvado milagrosamente, ya que la mayoría de los enseres domésticos se hallaban cubiertos de fango y estaban destrozados.

Al salir a la calle se extrañó de encontrarse con mucha gente que hacía años había perdido de vista, aparentemente más jóvenes y felices que cuando se relacionaba con ellos. Algunos lucían ropas demasiado antiguas o que ya no las usaba nadie. Otros parecían ausentes sin observar el paisaje desolador: todas las viviendas en ruinas y llenas de barro, inundadas por aquel torbellino enmarañado que arrastraba montones de cadáveres, ramas y escombros.

Subió la cuesta sin atisbo de aquellas molestias en las rodillas debido a la artritis y en medio de la penumbra apareció ella, Valeria, quien se fue aproximando sonriente dispuesta a fundirse en un abrazo.

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noviembre 01, 2016

Escenas encadenadas de un terrible suceso

noviembre 01, 2016 29 Comments
Hsin-Yao Tseng - Paisaje urbano

- Primera escena -

Llegó a la parada de autobuses de aquella enmarañada glorieta de Las Ánimas envuelta en una espesa humareda blanquecina y con la intención de coger el bus que iba directo hasta la explanada de Galileo. Se trataba de la misma línea que durante su época de estudiante le trasladaba a la facultad, pero que luego con la planificación urbanística había quedado absorbida por la gran expansión de los alrededores y ahora ya formaba parte del centro de la ciudad.
Aquella tarde por fin tenía una nueva oportunidad de encontrarse con ella y entregarle aquel abrigo azul que dejó olvidado en su automóvil desde hacía más de tres meses. Una prenda de la que no había querido desprenderse, porque al fin y al cabo era cuanto le quedaba de ella, su intenso olor a jazmín, orquídea, heliotropo y algún otro componente desconocido, le hacían recordar aquellas entrañables vivencias durante su época de noviazgo. No era gran cosa, pero se  conformó con ello y hoy por fin estaba dispuesto a quitársela definitivamente de la cabeza.

La semana pasada ella le volvió a llamar para zanjar algunas cosas que aún tenían pendientes desde su definitiva ruptura, le animó a volver a verse en su nuevo apartamento, por lo que ya habían acordado la cita a las siete de la tarde. Rony estaba expectante por aquel encuentro y descubrir si todavía le despertaba esa atracción fatal de la que él se aprovechó en el pasado.
Se había puesto su gabardina gris marengo que le llegaba casi hasta los pies y la cabeza cubierta con un sombrero de fieltro negro con anchas alas porque quería llamar su atención, sabía que a ella le encantaban los hombres con semejante prenda de vestir.

En pocos minutos descendía ya del autobús para dirigirse a una de las calles adyacentes, concretamente a la travesía Abedul, que era donde vivía Espe. Llevaba el abrigo guardado en una bolsa de grandes almacenes que movía nerviosamente al aproximarse al apartamento, hasta que sin querer se le cayó al suelo cuando cruzaba tranquilamente la calle, de repente apareció un coche que pasó encima aplastándole. 
Su cuerpo ensangrentado permanecía a un lado de la calzada mientras algunos transeúntes se pararon horrorizados y curiosos a observarlo, sin que nadie se atreviera a tocarlo hasta que llegara la policía.


- Segunda escena - 

Una mujer de unos treinta años estaba mirando por la ventana del segundo piso que daba a la calle donde había tenido lugar el incidente, observaba atentamente todo lo que sucedía afuera incluido aquel accidente mortal, no parecía inmutarse, pero nada más contemplar la llegada de un par de agentes de policía, que trataban de comprobar el estado de la víctima, puso atención y fue cuando notó un escalofrío que le recorría la espalda. La presencia de aquella bolsa, que permanecía tirada a escasa distancia del cadáver, la tenía desconcertada desde el instante en que se fijó que contenía un abrigo de señora azul, el mismo que dejó olvidado en el asiento de atrás la noche en que regresaron juntos de aquellas vacaciones.
Intentó realizar una llamada, pero su interlocutor no le respondió, por lo que prefirió tomárselo con calma y relajarse en el sofá durante un rato, hasta que sonó el timbre de la puerta. Eran dos agentes que le estaban mostrando su abrigo azul encontrado junto al cadáver de la calle y un móvil donde aparecía su número de teléfono y las llamadas realizadas al joven difunto, así como otras charlas en el wasap.

Se cambió de calzado, dejando las zapatillas en casa y se puso un anorak para bajar a la calle. Reconocía que no le hacía ninguna gracia, pero no le quedó otra opción que subir al coche policial y acompañar a dichos agentes, puesto que debían tomarla declaración en la comisaría. La víctima no tenía familia y vivía solo, de modo que aquel caso requería ciertas diligencias e indagaciones a las que no podía renunciar.


- Tercera escena -

En el vestíbulo principal de las dependencias policiales se hallaba un joven, que al verla pasar junto a los dos agentes, torció el cuello intentando seguirla con la mirada, aunque ella ni siquiera se inmutó, tenía el gesto ausente y no le prestó la más mínima atención.
Empezaba a oscurecer, cuando un policía le preguntó la razón de permanecer allí tanto tiempo, pues tenía órdenes de sus superiores para que les informase acerca del motivo que lo retenía, ya que podría estar esperando a alguien con antecedentes. Gabi, que así se llamaba el muchacho, intentó despistarle, comentándole que esperaba a un familiar con el que había quedado en aquellas dependencias.
Las horas iban transcurriendo hasta que un oficial de policía le conminó a marcharse, amenazándole que de seguir en aquella actitud tan testaruda le interrogaría porque le empezaba a resultar sospechoso, y no le beneficiaría en nada si le obligaba a tomar medidas de seguridad en su contra, que le podrían poner en algún apuro.


- Cuarta escena -

Desde las cristaleras de un bar de copas que estaba próximo a la comisaría, una pareja de delincuentes seguían mirando obsesivamente al muchacho a partir de haber salido precipitadamente y no dejaba de mirar alrededor como si estuviera preocupado por alguien. Quizás lo estaban esperando, o tal vez lo confundieron con otro peligroso delincuente y decidieron salir a hacerle frente, asimismo tenían un viejo asunto pendiente que liquidar con "él". Muy sigilosamente lo siguieron hasta que en un desliz tropezó con un socavón en la calzada y valiéndose de su superioridad física lo maniataron con unas bridas, tapándole la boca con cinta americana y desaparecieron llevándoselo en un pickup negro que habían aparcado en esa zona.


- Quinta escena -

Una vecina que sufría de insomnio había bajado a tirar la basura de madrugada cuando se percató de un pickup negro, que hacía eses por la avenida y que dando un volantazo estacionó en la entrada de un viejo almacén. Luego dos corpulentos matones sujetaban por los hombros a un tercer desconocido, que tenía dificultades para andar. Incluso los vio introducirse en aquel edificio abandonado. Esperó un rato más hasta que muerta de frío optó por darse la vuelta y marcharse a su casa.


-Epílogo-

En los informativos de la mañana siguiente, aparecieron unas imágenes en las cuales se reflejaba un accidente de automóvil, ocurrido el día anterior a primeras horas de la tarde en la travesía Abedul, próxima a la explanada de Galileo. También se daba por hecho que existía una muchacha, Espe, de unos treinta años implicada en el suceso y que vivía en la misma calle, en frente de donde ocurrió el deceso. En otro fotograma del reportaje se podía ver a dos matones, que habían huido la madrugada pasada en un pickup negro transportando una abultada carga ilegal de droga y a un sospechoso, Gabi, implicado igualmente en dicho caso. A continuación salían las fotografías de dichos delincuentes, junto a la del vehículo. Parecía que se trataba de un ajuste de cuentas, en el que se afirmaba que la chica era novia del fallecido, del cual quería deshacerse cuanto antes, porque estaba a punto de casarse con el joven heredero del mayor holding empresarial de una famosa marca de automóviles, que se había compinchado con ella para asesinarlo.

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